Por Elías Piris | epiris@uhora.com.py | Twitter: @eliaspiris
Falta un mes para las fiestas de fin de año y apurados vendedores ofertan en los paseos centrales de las angostas avenidas flor de coco y pesebres. En los comercios ya la sidra, el pan dulce y las guirnaldas están a la orden del día.
Ese es el panorama del universo que nace, crece, se reproduce, muere y revive todos los días en el mercado 4, lugar elegido por Antonio Ferreira para hacer lo que más le gusta: fabricar y moldear los cuerpos que irán a parar en las vidrieras de varios comercios de la capital y otras ciudades del país. Cuerpos aparentemente sin vida, pero que guardan historias, anécdotas e incluso secretos...
Con una amable sonrisa, don Antonio nos invita a pasar. Antes de llegar a su oficina, se puede apreciar un salón repleto de figuras de niños, mujeres esculturales, mujeres con sobrepeso, embarazadas, hombres musculosos y otros no tanto, rubias, morenas, pelirrojas, trigueñas, etc. “Estas son mis creaciones”, comenta orgulloso.
Hace dos décadas, este hombre madrugador empezó la difícil batalla de ganar el día a día. “Comencé como vendedor de ropas en la galería Santo Domingo, me fue bien hasta que a fines de la década de 1990 el país prácticamente quebró, se cerraron bancos, financieras y el comercio en el mercado quedó completamente paralizado, muchos tuvimos que tomar la triste decisión de cerrar las puertas de nuestros negocios y buscar nuevos rumbos”, recuerda con nostalgia.
Ese declive supuso un vaivén de idas y vueltas, negocios fallidos, viajes al extranjero tratando de levantar cabeza en la Argentina, Brasil y Estados Unidos.
El duro proceso terminó cuando decidió jugarse del todo por un proyecto que a muchos les pareció una excentricidad: fabricar y vender maniquíes.
“Mis amigos me decían que yo estaba loco, que perdí el sentido, que sería un negocio que iba a fracasar ni bien empiece, que no había futuro en ese ramo”, comenta.
A pesar de los comentarios desfavorables y gracias a que en Buenos Aires conoció a alguien que lo asesoró en el peculiar oficio, puso “manos a la obra” y comenzó su obra maestra.
Una escalera nos conduce al depósito donde los cuerpos están guardados. La descripción parece propia de una película de terror, pero no, simplemente nos dirigimos al lugar donde reposan las “Patricias”, las “Susanas”, las “Estelas”...
¿Usted le pone nombre a sus creaciones?
“Así es, como cada una tiene un cuerpo distinto, las agrupo con distintos nombres. Están divididas por grupos, pero la más linda es Estrella”, contesta entre risas Don Antonio.
El cuerpo de Estrella es escultural: Curvas perfectas, senos perfectos, piernas perfectas, las medidas exactas, lo que vulgarmente es llamado “el sueño del pibe”.
Nos dirigimos hacia el taller donde encontramos a los tres hombres que fabrican los cuerpos que apreciamos. Todos bajo la supervisión del dueño de casa.
¿Qué se siente tocar todos los días cuerpos perfectos que no son verdaderos?, preguntamos a uno de los trabajadores.
La incómoda pregunta fue contestada con la más absoluta naturalidad: “Nada, al comienzo fue un poco raro, después ya me acostumbré".
¿A qué precio podemos conseguir los maniquíes?
“Entre 600.000 y 900.000 guaraníes”, contesta don Antonio y agrega que para los vendedores de ropas es de suma importancia tener aunque sea dos en la vitrina.
“Quien no tiene maniquíes en la entrada del negocio no puede ser considerado comerciante”, reflexiona.
¿De qué materiales los fabrica?
“Todos son de fibra de vidrio, pegados con resina y macilla”, contesta..
¿Aparte de usted, quien más se dedica a este rubro en el país?
“Está otro fabricante en Areguá, no conozco a otro más. En Paraguay hay una gran cantidad de fabricantes informales, que terminan embromando al cliente porque el producto es de mala calidad”.
¿Cuál es el secreto para triunfar?
“La constancia, la puntualidad y la formalidad es lo que da credibilidad con los vendedores. A mí me encargan trabajos y los entrego en fecha”.
¿Es un negocio rentable?
“A mí me va bien, no puedo quejarme, el único problema es que no existen temporadas como en los demás negocios. No hay una época del año en la que más vendemos, hay que tratar de ser constantes”, apunta.
¿Por qué le gusta lo que hace?
“Porque exige creatividad y nada es estático. Lo peor es hacer algo rutinario, es algo que no me gusta.” Parafrasea al recordado director técnico Ladislao Kubala, quien dijo a sus futbolistas que son unos afortunados por hacer lo que les gusta y ganar dinero al mismo tiempo.
“Cuando no te gusta lo que haces, te despertas a la mañana decaído, como si te hubieran golpeado. Yo me despierto todos los días con una sonrisa”, nos cuenta mientras emprendemos la retirada, con la seguridad de que a partir de la experiencia, veremos a los maniquíes con ojos distintos...