Jorge Daniel Codas Thompso
Analista de política internacional
Desde inicios de la pandemia del Covid y consecuente cuarentena, la República Popular China ha experimentado una ralentización de su economía, la cual pasó de exhibir tasas de hasta 10% anual de crecimiento de su producto interno bruto (PIB) durante décadas, a cifras cercanas al 5% en la actualidad. Es casi siempre desafiante identificar una razón central como causa de un estancamiento o crisis económica, pero si se intenta asignar una causa principal, esta sería la aguda crisis del sector inmobiliario de China, que representa aproximadamente el 25% del PIB del país.
La crisis inmobiliaria de China fue causada por una combinación de factores. En primer lugar, la inversión especulativa, pues el gobierno fomentó la compra de propiedades para estimular el crecimiento económico por medio de subsidios, lo que condujo a una burbuja inmobiliaria. Los bancos estatales ofrecieron bajos tipos de interés a los desarrolladores, lo cual generó un alto nivel de endeudamiento. Esto creó un exceso de construcción, lo cual terminó creando ciudades fantasma de unidades vacías.
La caída del sector inmobiliario ocasionó el colapso de las gigantescas empresas desarrolladoras, como Evergrande, Country Garden y otras grandes companías en 2021, y expuso las vulnerabilidades sistémicas del mercado de bienes raíces. Solo Evergrande tenía una deuda de aproximadamente 300.000 millones de dólares, que provocaron una crisis en todo el sector inmobiliario, por el contagio del pánico a la quiebra, causando un desplome del mercado inmobiliario y la destrucción del patrimonio familiar de aquellos compradores que ya habían adquirido su vivienda. Asimismo, la depresión del sector inmobiliario provocó una grave crisis financiera en los gobiernos locales, ya que basan sus ingresos no solo en las transferencias financieras del gobierno central, sino en la venta de tierras al sector de bienes raíces, que debido a la crisis no está comprando más.
Como consecuencia de la crisis inmobiliaria, unida a las políticas de aislamiento para combatir el Covid, el consumo y la inversión se han visto seriamente afectados en China, haciendo que el crecimiento de la economía se apoye solo en los sectores de alta tecnología y el masivo sector exportador del país, que representa 19% del PIB chino, y más de un tercio de todo su crecimiento económico. Para dimensionar su importancia, las exportaciones netas (superávit del sector exportador) son hoy tan importantes que representan el 4% de todo el PIB chino.
El estancamiento del consumo ha traído como consecuencia un fenómeno muy temido, la deflación, que se define como una reducción porcentual de precios en un período de tiempo. En principio, esto parecería una buena noticia para los consumidores, pues podrían consumir más con el mismo presupuesto a medida que transcurre el tiempo. Sin embargo, la deflación provoca un círculo vicioso: la caída de los precios causa menos rentabilidad de las empresas, lo que provoca menos inversión y menos contratación de mano de obra, lo cual afecta el consumo aún más, que implica que este decrecimiento del consumo fomenta más deflación, y así sucesivamente.
La inversión también ha presentado cifras decrecientes. Esto se da como tanto por el colapso de la construcción de edificios para apartamentos como por consecuencia de las tensiones comerciales con Estados Unidos y la nueva ley Anti Espionaje, que ha mandado a prisión a varios ejecutivos chinos y extranjeros. En particular, preocupa al régimen chino la caída del stock de inversión extranjera directa, cuyos números negativos fueron de 13% en 2023 y 27% en 2024, con algunos trimestres directamente con flujos negativos (es decir, salió de China más dinero relacionado a inversiones que lo que ingresó).
El gobierno chino enfrenta dos obstáculos importantes para la reactivación económica. En primer lugar, el consumo privado sólo representa un 40% del PIB (en comparación con cifras del 60 a 70% en economías desarrolladas). Por ende, el estímulo al consumo debería ser de gran escala para impulsar la actividad económica, un objetivo difícil de lograr por restricciones presupuestarias del gobierno y por el hecho de que los consumidores probablemente posterguen compras importantes dado que la deflación implicará un costo de compra menor en el corto y mediano plazo. En segundo lugar, el sector manufacturero, que recibe significativos subsidios, ya está con sobrecapacidad de producción, con lo que resulta improbable que aumenten su capacidad productiva solo por recibir más subsidios y préstamos de bajo interés. De hecho, debido a la débil demanda interna, ya las fábricas de China están exportando su exceso de producción al resto del mundo. La excepción la constituye el sector de alta tecnología, que aún está pujante y es central para las pretensiones de China de convertirse en una potencia tecnológica, pero que ve sus esfuerzos parcialmente bloqueados por la prohibición del gobierno de Estados Unidos a la exportación de chips y otros compoentes de alta tecnología a China.
En todo caso, los principales líderes del país se comprometieron a un plan para impulsar el gasto con fuerza, pero ofrecieron detalles limitados y muy pocos recursos monetarios para respaldarlo. El presupuesto y el informe anual de trabajo del gobierno, publicados durante la reunión en Pekín de la Asamblea Popular Nacional, establecieron un objetivo optimista de crecimiento del 5%, pero ofrecieron planes modestos sobre cómo la economía alcanzaría ese objetivo sin un nuevo aumento de las exportaciones este año. La dependencia de China del comercio exterior para su crecimiento se enfrenta a nuevos desafíos, ya que Estados Unidos y otros países han aumentado los aranceles a los productos chinos.
Asimismo, el gobierno de China Popular declaró que la economía alcanzó su meta de crecimiento del PIB de 5% en 2024. Sin embargo, mientras se informa sobre estas supuestas buenas noticias, las autoridades han recortado drásticamente los tipos de interés (posiblemente para combatir la deflación, a más de estimular la actividad económica), han presentado un programa de refinanciación de 1,4 millones de millones de dólares para la deuda de los gobiernos locales, y han creado nuevas líneas de liquidez para que el Banco Central apoye directamente a los precios de las acciones de empresas chinas en el mercado bursátil, por primera vez desde la crisis financiera mundial de 2008. Ningún gobierno ajusta su política económica de esta manera sin estar enfrentando un escenario de estancamiento económico o recesión.
Respecto a los planes para mejorar el consumo en concreto, el gobierno también se propuso crear 12 millones de empleos urbanos para mantener el desempleo en torno al 5,5 %, pero el gobierno chino tiene menos recursos financieros disponibles. Durante la mayor parte de las últimas cuatro décadas, los gobiernos nacionales y locales de China se beneficiaron de una creciente oleada de ingresos fiscales. Este dinero les ayudó a financiar grandes obras de infraestructura pública, una extensa red de trenes de alta velocidad, un rápido y sostenido desarrollo de sus fuerzas armadas y masivos subsidios industriales. Esos días han quedado atrás. La deflación está socavando la base financiera del gobierno y está empezando a erosionar su capacidad para emprender grandes proyectos. El gobierno consolidado de China (gobierno central más gobiernos locales) tuvo un déficit del presupuesto de 7% del PIB el año pasado y se calcula que será del 9 al 9.5% del PIB este año, con una deuda pública total de 88% del PIB, que superará el 90% este año.
Como resultado, Beijing tiene muy poco margen de maniobra financiera para reimpulsar la economía.
A pesar de estos datos negativos, el gobierno chino ha prometido nuevos subsidios para el cuidado infantil, aumentos salariales, permisos mejor pagados, y mejorías en las prestaciones de seguridad social de unos 2.75 dólares al mes, cantidad poco más que simbólica, pero que ilustra las dificultades del gobierno chino para implementar políticas que impriman dinamismo a su economía. Esto se suma a un programa de descuentos de 41.000 millones de dólares para todo tipo de artículos, desde lavavajillas y decoración del hogar hasta vehículos eléctricos y relojes inteligentes. Sin embargo, esta cifra es absolutamente insuficiente para un sector de consumo que representa 7 millones de millones de dólares, por lo que podría esperar, en las próximas semanas, más anuncios con mayores detalles sobre el estímulo al consumo en China. Asimismo, el gobierno chino busca la distensión con el sector privado para reactivar la inversión, con el propio Presidente Xi Jinping reuniéndose con destacados empresarios y ejecutivos para dar señales de que los días de persecución por la Ley Anti Espionaje han quedado atrás. Resta por ver cómo piensa el gobierno chino contrarrestar los efectos negativos de los aranceles impuestos por el gobierno de Trump, que afectan a su mayor mercado de exportación, en un contexto económico internacional en el que otras economías importantes, en especial la Unión Europea, se han quejado de la sobreproducción china, que ha inundado sus mercados con productos subsidiados, y por ende con precios contra los cuales resulta casi imposible competir. Por el momento, China ha anunciado la imposición de aranceles a los productos estadounidenses de un 64%, similar a los aranceles impuestos por Estados Unidos a los productos chinos esta semana, lo que indica que Beijing tendrá un escenario muy complejo para mantener su superávit en la balanza comercial y, por ende, su crecimiento económico.