Puedo preferir el título (original) del segundo aplicado específicamente para el siglo pasado, pero el primero lo engloba también como el siglo moderno, cosa que comparto y, por lo demás, Hobsbawm también a su manera. Ambos tienen cosas interesantes que decir sobre las artes, en este sentido. En los libros son prácticamente los mismos los protagonistas. Aunque sean presentados y enjuiciados diferentemente varios de ellos, hay que decir que sobre los principales hay un consenso más o menos equilibrado. Sin embargo, el libro de Hobsbawm no tiene la cita de una carta de Winston Churchill a su esposa que me hizo recordar a Javier Milei, el presidente de la Argentina, a raíz del affaire sobre la criptomoneda fraudulenta que patrocinó en sus redes sociales y que, minutos después de hacerlo, se apreció exponencialmente solo para terminar, otro rato después, cayendo de manera estrepitosa, dejando un tendal de gente arruinada y un puñado de enriquecidos, en un presunto esquema Ponzi.
Churchill fue liberal en los años inmediatamente previos al crack de 1929, regresado a las filas del conservadurismo para dirigir el partido durante los años de la guerra y la posguerra. Semanas antes de la caída de la Bolsa de Nueva York, donde Churchill era una de las “600.000 personas que operaban sobre márgenes” de especulación; el político inglés le escribió a su esposa una carta desde Estados Unidos, donde se maravillaba de que Sir Harry McGowan haya entendido mal sus instrucciones de inversión; que haya confundido el límite de dinero que podía usar para “comprar acciones a cargo de mi cuenta sin consulta previa”, por “una compra especulativa sobre márgenes. Entonces las 3 mil libras que había invertido en no sé qué especulaciones financieras decuplicaron “mi escala acostumbrada […] Y así, en pocas semanas, hemos recuperado una pequeña fortuna”.
El aliento moral que hay en Johnson dice entonces: “Es interesante que Churchill haya estado especulando de este modo casi hasta el momento mismo en que comenzó el derrumbe”. Más adelante: “Pese a su experiencia y sus contactos mundiales, Churchill no estaba mejor informado que el común de los especuladores de la calle”.
Javier Milei, por el contrario, sí estaba bien informado de las posibilidades ciertas de un desplome de $Libra, la criptomoneda. Ya antes como diputado había promocionado en sus redes Coinx, una cripto cuyo fundador, Francisco José Aunque, está bajo investigación por posibles estafas y a principios de año fue detenido. Se sabe que su entorno inmediato –su hermana, Karina Milei, y su vocero, Manuel Adorni– se reunieron en un hotel con los “empresarios” que impulsan esta moneda hoy con un valor de apenas centavos de dólar. No hay cómo desconociera que esto era una posibilidad cierta: Otra estafa más.
En 24 de octubre de 1929, cuando las acciones cayeron verticalmente, Churchill era uno de los miles de especuladores que recorrían una y otra vez las galerías del edificio de la Bolsa de Valores de Nueva York. Once años después, lideraría el Partido Conservador y a Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial. Con coraje. Sin cobardía. Atributo el primero de que el también liberal Milei carece. La pusilanimidad histérica es, por el contrario, un rasgo principalísimo del argentino: el típico bravucón que, al primer golpe serio recibido, desnuda públicamente todo su miedo. Aunque comparta la afición por la timba con Churchill –y muchos otros liberales de la historia que tenían y tienen hambre de dinero por el solo placer de “ganarlo”–, difícilmente se equiparen en la capacidad de capear una crisis que amenace la existencia misma de un país.