Narciso Meza
HOHENAU
Con poco hizo mucho. La historia de Camila Peralta –con su casi ocho décadas de vida– resume el derrotero que a muchas mujeres paraguayas les toca vivir.
Desde hace unos años se dedica a la venta de yuyos, pero hizo de todo en la vida para sacar adelante a su familia siendo madre soltera. Sola se ocupó de la crianza y educación de sus siete hijos.
De changa en changa (trabajos ocasionales) consiguió levantar una humilde casa de madera sobre la arcillosa tierra roja de Bella Vista, en Itapúa.
Con una sonrisa que no se le difumina de la cara, comenta que pasará la Navidad y el Año Nuevo en compañía de sus 15 nietos y algunos de sus hijos, ya que dos se fueron hace tiempo a trabajar en el exterior.
A sus 79 años sigue trabajando con pleno vigor, al igual que muchas mujeres de su edad en el país. Como se gana la vida con dignidad, cosechó una fama que se divulga en su comunidad; pues –para muchos– representa un ejemplo de lucha y de superación.
Desde hace años, vende hierbas medicinales para tereré en una tienda improvisada, al costado de la ruta PY06, en Bella Vista.
Su puesto de trabajo es una parada obligatoria para cientos de automovilistas que hacen una pausa en su viaje para refrescarse con la tradicional bebida.
Si no son los viajeros, los vecinos de la comunidad son quienes la frecuentan para comprar sus productos. Todos los días, desde las 08:00, se instala entre la calle colectora y la ruta, en un paseo central, bajo la sombra de un añoso árbol de tajy. Permanece hasta el mediodía, luego recoge sus cosas y las coloca en su carrito de dos ruedas. Caminando regresa a su casa, ubicada a 15 cuadras de su puesto de venta.
Ña Camila es oriunda del vecino distrito de Obligado, pero hace décadas vive en Bella Vista.
De niña no tuvo la oportunidad de asistir a la escuela. Se crió con sus padres en una zona rural, donde no había llegado entonces el sistema educativo.
Pero, ella, por su cuenta aprendió a sumar, restar, a leer y hablar el castellano. Incluso, maneja algo de alemán que es un idioma muy extendido en Colonias Unidas, fundada por descendientes de alemanes.
Mientras entre bromas atiende a una clienta, relata una parte de su historia que evoca –sin exagerar– la época de posguerra que atravesó el Paraguay en las postrimerías del siglo XIX.
“Tengo siete hijos, ya crecieron, son todos grandes y todos ellos me dieron numerosos nietos. Nunca me casé. En determinados momentos tuve algunos compañeros, pero sin casarme. Mayormente mi vida fue solitaria con mis hijos y a todos los hice estudiar con el duro trabajo que realicé”, repasa.
Y enumera los distintos oficios que tuvo que emprender para sostener a su familia.
“Trabajé como lavandera, empleada doméstica, carpidora o vendiendo cosas. Desde hace 10 años estoy en este tema de la venta de tereré en este puesto”, señala.
Ninguna adversidad le impidió que les diera a sus hijos lo que a ella se le negó. Todos entraron a la escuela y terminaron el colegio. Orgullosa cuenta que uno de sus hijos se recibió de administrador de empresas.
De los siete, solo tuvo una nena. Cada uno de sus hijos trabaja como empleado y otros son constructores de obras. Además, dos de los suyos emigraron en busca de un mejor futuro: Raúl Peralta reside hace muchos años en Buenos Aires, Argentina, y Ernesto que vive en San Pablo, Brasil, también desde hace muchos años. Ambos, en pocas ocasiones regresaron para visitar a su madre y a la familia.
Estela es la única mujer y los otros más chicos son Osvaldo, Carlos, Luis y Joaquín. Todos ellos le dieron 15 nietos a Ña Camila. Ella anhela una reunión familiar con todos sus hijos y nietos; aunque reconoce que eso es difícil actualmente. Le queda el consuelo, dice, de que en fiestas anteriores han podido estar la mayoría.