El presidente de la República que culmina mandato en agosto, Horacio Cartes, representa la cúspide de los malos gobiernos de la transición inacabable. Más allá de la propaganda de sus seguidores, el simple hecho de haber elevado la deuda externa en un 60% desde 2013 ya habla de un manejo terrorífico de la economía. Con los famosos bonos soberanos emitidos de modo displicente, comprometiendo el futuro de por lo menos cuatro generaciones de paraguayos, se desnuda a las claras su fracaso descomunal, y nuestra tragedia nacional.
Por cuerda paralela va lo demás: la destrucción masiva de bosques en ambas regiones del país, encaminando a vastas áreas a una irreversible desertificación y muerte, por extensión; la migración masiva de poblaciones campesinas e indígenas desahuciadas por el aumento de la frontera sojera, destructiva, extractiva y venenosa; la entrega desembozada de la soberanía nacional en la frontera, en lo energético y en lo territorial.
El robo descarado de los fondos del Estado a través de diversos mecanismos formales e informales al amparo de la absoluta impunidad del cargo y los padrinazgos políticos. Las grandes obras de infraestructura adjudicadas a amigos empresarios y construidas con materiales de cuarta a costos inflados, como el superviaducto, o en definitiva estafas fenomenales, como el dichoso e inexistente Metrobús.
Nadie del poder escapa al manolaterismo, a la corrupción y el robo a la voluntad y a la confianza del pueblo.
Por ejemplo, los últimos fraudes en el sistema electoral, que ponen en evidencia que nada de lo que se dice es, porque posiblemente las autoridades electas no lo son y viceversa. Todo se alimenta y formula desde los mismos grupos de poder político y partidario. Esto coloca en entredicho y vulnera la seriedad e institucionalidad del Estado y la República. Lo peor, nadie responde ni paga penas por estas trapisondas.
En el Congreso existe una caterva insoportablemente corrupta. Los parlamentarios como Ibáñez, Bogado, Oviedo Matto, González Daher y otros delincuentes legislativos tapizan diariamente la realidad nacional de modo vergonzoso y prepotente.
La Justicia se convirtió en la estructura prostituida más pavoneada de la historia. Dictámenes y resoluciones al mejor postor. Atados como perros falderos a políticos de turno o al Ejecutivo, firman sentencias por las que deberían volver al primer año de Derecho e ir a la vez a la cárcel por venalidad y estelionato.Estamos inexorablemente en medio de una debacle de valores y de respeto, de violencia simbólica y arrebatos antiéticos. El cambio de todo eso no vendrá de arriba, sino desde la población que sufre las consecuencias. Estos son los casos en donde, para reconstruir, necesariamente habrá que destruir...