En 1989 los distintos partidos que durante casi tres décadas usaron la palabra “liberal” en sus membretes reconocieron al PLRA como mayoritario y se unificaron bajo esa sigla.
Esta tercera derrota de Efraín Alegre es también el fin de los tres ciclos en los que puede dividirse la historia del partido durante el periodo democrático. El primero de ellos está marcado por la hegemonía de Domingo Laíno, quien disputó sin éxito en tres ocasiones la presidencia de la República. En las elecciones de 1989, realizadas con los padrones tramposos del stronismo, no tenía ninguna posibilidad de vencer. En las de 1993 la oposición se presentó dividida entre el PLRA y el Encuentro Nacional, lo que permitió una victoria colorada. La lección fue aprendida y cinco años después, en 1998, Laíno encabezó una alianza entre ambos partidos, pero, aun así, volvió a perder ante el poderoso aparato colorado.
En ese momento se inició el segundo ciclo. Era evidente que se necesitaba una renovación y había varios líderes de peso para elegir. Estaban vigentes Tito Saguier, Luis Alberto Wagner, Yoyito y Federico Franco. Los dos últimos, hermanos, llegaron a ser vicepresidentes de la República por vía electoral. Yoyito perdió en 2003, pues había surgido Patria Querida y la oposición se ofreció de nuevo dividida.
La arritmia de 2008 fue una victoria de la coalición opositora no encabezada por un liberal. Igual significaba, por fin, llegar al poder. Esa alianza, bien manejada, los hubiera podido mantener allí por largo tiempo. Pero hubo errores de ambos lados. El más grave, lo cometió el PLRA al sumarse al golpe parlamentario. Se apuraron e irreflexivamente dieron el paso fatídico cuyas consecuencias duran hasta hoy. Cuando, en 2012, Federico Franco se convirtió en presidente por unos cuantos meses, estaba firmando también un previsible destino partidario de largos años de llanura.
Por esa época había comenzado el tercer ciclo que tendría dos protagonistas excluyentes: Efraín Alegre y Blas Llano. Ambos lideraron sectores internos que se enfrentaron encarnizadamente y encendieron una malquerencia al estilo liberal. Es decir, sin hacha enterrada, típica metáfora colorada, un partido que centrifuga sus diferencias y privilegia la conservación del poder. Los centrípetos liberales tienen odios que duran varias generaciones y venganzas prioritarias. Aunque no me gustan las autorreferencias, sugiero a quien tenga dudas de lo afirmado en mi libro La travesía liberal del desierto (2016).
Alegre lo intentó solo en 2012 y perdió; lo intentó aliado en 2018 y perdió, lo intentó concertado en 2023 y perdió. El llanismo, fiel a la tradición caníbal, aprovechará para cobrarse antiguas cuentas. Pero sucede que Alegre se ganó con legitimidad su candidatura en todas las ocasiones. La derrota es de toda la oposición que no encuentra la forma de vencer a la estructura colorada.
Sea como sea, esta pelea sin fin empieza a ser parte del pasado. Es el inicio de otro ciclo en el que ni Efraín ni Blas tendrán protagonismo. Solo que hay una enorme diferencia con los recambios anteriores: no se ven en el horizonte liberal, líderes de peso nacional capaces de hacerse cargo de esperanzas futuras.
Los dos únicos nuevos gobernadores –Ricardo Estigarribia en Central y Javier Pereira en Itapúa– son respetados en su ámbito regional, pero eso es insuficiente. No hay una figura superadora de las divisiones ancestrales y de la pérdida de identidad del PLRA.
La historia recoge ejemplos de países que dejaron de ser bipartidistas por inanición de uno de ellos o de ambos. En el caso paraguayo, los liberales deberían hacer algo al respecto. Porque no le sirven a nadie siendo siempre segundos. Y son perfectos para el Partido Colorado, como un colchón que evita cambios radicales. Siempre son la segunda fuerza. Nunca le ganan a la primera, pero siempre son un poco más que la tercera.