A juzgar por los comentarios en las redes sociales, Paraguay debería ser el país menos corrupto, con mayor educación social y con las autoridades más honestas.
En las redes la mayoría de los ciudadanos rechazan de manera enfática y contundente la corrupción, condenan la ineficacia gubernamental y dan cátedra de civismo y buenas costumbres en sentencias inapelables y que son reacias a cualquier comprobación.
Pero la vida real es muy distinta a la digital. Si vemos la calidad de nuestros políticos, lo enclenque de nuestro sistema social y la rampante falta de civismo, hay dos sentencias probables: o la mayoría no tiene acceso a las redes y una minoría calificada es la que opina (lo que es altamente improbable por la penetración de las comunicaciones digitales) o son todos unos grandísimos mentirosos.
Sin duda, los hechos no se compadecen del moralismo digital. Lo que se dice en las redes pocas veces se traslada a la calle o a las urnas.
Escuché por ahí que el paraguayo tiene una indignación selectiva. Yo agregaría que también es cómoda. Mientras el problema no nos afecte directamente y de manera concreta, no vamos más allá del enfado circunstancial o del descarado planteamiento de que “por algo ha de ser”.
Paraguay tiene un alto grado de tolerancia a la corrupción. Hasta los honestos se ven muchas veces forzados a someterse a sus designios. Lo hacen por conveniencia o porque ven que es inevitable. Sostener pensamientos éticos y coherentes es una quijotada que pocos se dignan a emprender.
Si somos tan honestos como predicamos en las redes sociales seríamos una sociedad más justa y democrática
Pero lo que jamás aprendemos es a ser tolerantes. Ni en la vida digital ni en la vida cotidiana.
Son un vicio muy extendido en las redes las sentencias inapelables, furibundas y cerradas a cualquier debate sano.
La moralina digital es asfixiante y tan extrema que muchas veces cae en el ridículo. La intolerancia y la incapacidad de empatía que se muestra es preocupante.
Los linchamientos .com son terribles. No hay argumentos expuestos. Son solo sentencias incontrastables. En el último debate de este tipo (en el caso de la chica vegana que desacreditaba la leche y la carne), solo unos pocos expertos salieron a refutar con datos la irresponsable afirmación. El resto condenó o se solidarizó con la chica por razones puramente personales o de piel.