En una hora y minutos de potente inmersión, Báez conduce al corazón de un teatro originario, atávico, en una obra por momentos antropológica. Esta es la razón por la cual, a mi entender, Shakespeare y su Ricardo III laten de fondo, son más que una excusa, es la experiencia del teatro, el contenido y la forma que nos avasallan.
Al espectador se le moverá la estantería porque este personaje está decidido a hacerlo. Si va a verlo es que algo siente por las tablas y Jorge se las romperá en la cabeza y le sacará todos los convencionalismos a los que se mal acostumbró en las diferentes salas de Asunción.
Pocos serán los elegidos, esta obra no quiere multitudes, admite a un selecto grupo que rodeará al celebrante como una grey, que en momentos será un sumo sacerdote viperino, que lo mirará y al que no podrá sostenerle la mirada pues no le conviene, que encarnará a Ricardo y otros personajes shakespereanos para ver quién de ellos lo abofetea mejor.
Será un despliegue en el que el teatro paraguayo es apuntado con un filoso dedo; actores, directores, productores y público no salen indemnes (me pregunto: ¿será que porque no da nombres que esta obra no la calificaron de escandalosa).
Retomo, el teatro es arte, y aunque analíticamente no sepamos muy bien cómo definirlos, el mejor remedio para estas limitaciones intelectuales es vivir la experiencia.
Y lo que hoy y mañana sucederá en El otro teatro ¡vaya que es una experiencia!
Seguramente es uno de los pocos momentos en que el arte acontece en las tablas (hay mucho show, entretenimiento, pericia técnica y visual, pero arte, no), y para eso se necesita solamente de lo mínimo, un público, un recinto y el actor, solo uno, y ese, seamos agradecidos, se llama Jorge Báez.