A tres días de las elecciones generales que dejarán un nuevo presidente de la República, el clima electoral en el país no rebasa la inquietante calma aparente. Si bien se juega la administración del Estado, el poder central, el Legislativo, el departamental, y cinco años para administrar la cosa pública (a la que hicieron pasto siempre los colorados, casi 70 años en el poder), el ruido de comicios pasados no aparece. Posiblemente estas sean las justas más aburridas de la malhadada transición democrática.
¿Qué ocurre?
Existen una serie de elementos que están determinando –por lo menos hasta hoy– cierto perfil de gris abulia del clima político en las postrimerías del domingo 22.
La gente está hastiada del más de lo mismo. Sí, está muy arraigada la idea de que “todos los políticos son la misma mierda corrupta, por lo que no vale la pena siquiera salir a votar”. Esta actitud fue reduciendo gradual y sostenidamente la participación en las sucesivas elecciones ocurridas desde 1989. La justificación está en que el 90% de las políticas definidas desde los varios gobiernos, en estos casi 30 años, no produjeron lo esperado y la población está cada vez más sumida en la miseria, el país en la corrupción, y los políticos de turno en su mayoría más ricos cada día.
Ninguno de los candidatos más fuertes es representativo. También esta posición está muy extendida en las diversas capas de la población. Si cada cinco años vamos a votar y elegimos autoridades, y ellas cuando acaban los comicios se olvidan de nosotros, del pueblo, ¿para qué vamos a repetir esa práctica? Entonces, nuevamente la decepción ante lo que se considera engaño es no aparecer el día de votación, haya o no. No importa si hay multa o castigo.
Ninguno de los candidatos suelta “para la nafta”. Traducido en castellano más claro, se refiere a que los postulantes no entregan dinero para sostener la red de punteros, operadores y corrupción en compraventa de voluntades, cédulas, conciencias, etc. Esta práctica, muy dilatada y corrosiva, encuentra en este momento una merma en la liberación de “contante líquido”, entonces hasta “la dirigencia de base” está sumida en la abulia y la remolonería.
Mario Abdo y Efraín Alegre son más de lo mismo. Aunque uno representa a un partido (el Colorado) con fuerte herencia de la dictadura stronista, y el otro está en una alianza con sectores progresistas (y su partido, el PLRA), en sus prácticas políticas en los últimos años, siempre defendieron los mismos intereses: los de los empresarios, las oligarquías fraudulentas y el modelo del capital agroexportador extractivista. Y ambos participaron del golpe parlamentario contra el presidente constitucional Fernando Lugo en 2012, desde el Parlamento y el partido.
Hay más razones que explican el poco entusiasmo hacia las elecciones, pero estas citadas son las más inmediatas. El hartazgo viene por varias vías, más allá de lo que puedan decir o hacer los propagandistas de todas las facciones.
El domingo se reconfigurará el panorama del poder. Mientras, la gente seguirá viviendo su vida como siempre, haya votado o no.