04 abr. 2025

Nos debe doler a todos

Arnaldo Alegre

No escribo desde un pedestal ni de la inocencia oportunista. Escribo desde la realidad. Hay una epidemia que está carcomiendo nuestra sociedad: la violencia intrafamiliar.

Los golpes, agresiones verbales o escritas, asesinatos y lesiones graves a parejas o ex parejas es una enfermedad que debe ser repudiada con fuerza, pero que está teniendo una aplicación incompleta.

Hay una obvia preeminencia física del hombre por sobre la mujer. Desde lo físico, cualquier hombre puede causar daños severos a una mujer.

Pero también hay violencia sin imposición física o con menos impacto físico en el otro. Y ambos integrantes de la relación pueden ejecutarla. Y esa es una realidad que no se está queriendo ver.

Es lógico que –cuando la mayoría de las víctimas son mujeres– se tenga un abordaje de género. Pero es insuficiente.

En una primera etapa debe protegerse y advertirse sobre el fenómeno y dar contención a las víctimas mayoritarias. En otra instancia más avanzada debe abordarse el problema atendiendo a los dos actores implicados y buscar soluciones para ambos. Porque el agresor o la agresora –si bien convirtió una falta gravísima– también tiene el derecho a redimirse.

La sociedad logró consolidarse mediante el dominio de la fuerza. Primero se aprendió a manejar en cierta medida la fuerza de la naturaleza, después de las rivalidades tribales, luego de los reyes e imperios y, por último, la violencia del propio Estado.

El mayor desafío ahora es borrar la violencia machista. Debe extirparse el cáncer social que hace creer falsamente a algunos que el hombre está por encima de la mujer. Tampoco es moral ni válido sostener lo contrario.

No debe haber imposición ni superioridad de ningún lado. Debe ser un encuentro de iguales en pos de un objetivo compartido.

Sin embargo, para acabar con el machismo es ridículo el abordaje unilateral. Es como pensar que la solución se dará al poner un policía para cada mujer. Eso es un absurdo.

El mejor camino es la educación. Pero una hecha con mentalidad abierta y en donde se atienda y contenga a ambos. De ninguna manera se avala una suerte de teoría de los dos demonios en que, amparados en caracteres conflictivos, se justifique la violencia. Jamás debe haber violencia. Punto.

Lastimosamente, el sistema educativo no nos enseña a manejar nuestras emociones ni los conflictos interpersonales. Uno debe ir aprendiendo a tientas con lo que la casa le dejó y las sospechosas enseñanzas de la universidad de la calle. Y muchas veces yerra.