Lo entendería en la farándula o el deporte, pero no en el ámbito parlamentario. Me contestó que yo me preocupaba por lo anecdótico, cuando lo realmente grave era la degradación del nivel intelectual y político de los legisladores. La mediocridad crece periodo tras periodo. Cuando pensamos que no podía haber nada peor que Carlos Portillo, apareció el parlasuriano Nery Olmedo. Y cuando pensamos lo mismo de este, apareció Virina Villanueva.
Irresistiblemente, las reflexiones de mi amigo me hicieron recordar otra anécdota, ocurrida hace unos años. Cuando se trataba la pérdida de investidura del senador liberal Dionisio Amarilla, su abogada, Carolina Gorostiaga, reprendió al pleno de la Cámara con la frase “No esperaba nada de ustedes, pero aun así lograron decepcionarme”. Si se tiene en cuenta que se dirigía a quienes debían juzgar a su cliente, aquello no fue una buena idea.
¿La representación popular fue destrozada por el sistema electoral o es un simple espejo fiel de la sociedad? Quizás las dos afirmaciones tengan algo de verdad. Lo cierto es que la baja calidad del debate político termina afectando la calidad de vida de todos. Políticos carentes de capacidad de abstracción, desprovistos de una mínima base cultural e intelectual, reducen la discusión a posiciones maniqueas, simplistas y banales. Legislar con sabiduría desde estas condiciones es tarea imposible.
Lo relatado no constituye un problema mayor para el Partido Colorado, con gran hegemonía en los tres poderes. Al contrario, un Parlamento endeble facilitará la imposición de un estilo de gobierno que ya conocemos y del que se benefician élites del agronegocio y la especulación financiera, con estabilidad macroeconómica, pero en detrimento de una sociedad muy desigual.
El drama se vive en la vereda de enfrente. La oposición se lame las heridas en un campo arrasado. Vive su coyuntura más deprimente desde 1989. Y no me refiero solo a los números, sino a su ausencia de cohesión, liderazgos y proyectos comunes.
Un vistazo a la realidad parlamentaria revela lo difícil que será reconstruirla. En el PLRA debaten cómo manejar el fin de época de Efraín Alegre sin entregar la dirección del partido al cartismo. El fantasma de la división vuelve a flotar en el ambiente.
Parece increíble, pero también allí Cartes introdujo una cuña poderosa. Los 22 liberales electos en la Cámara Baja ya se dividieron en tres bloques y el más nutrido de ellos –ocho diputados– apoyó a los candidatos colorados a la mesa directiva. Nada menos que cinco senadores liberales votaron por el colorado Beto Ovelar como presidente.
Cruzada Nacional, convertida en tercera fuerza, vive un caos escandaloso. La senadora Zenaida Delgado, luego de hacerle pito catalán al “puto pueblo”, acudió presurosa a formar fila en el besamanos del patrón. Chaqueñito, juró y fue a sentarse donde le indicó Bachi, el dueño de su pase. La senadora Yamy Nal renunció al partido y también se dio a la fuga el diputado Oso. Otro diputado, Miguel Martínez, se declaró “independiente”. De los nueve parlamentarios “antisistema” a Cruzada le quedan cuatro. Patético, esto no puede llamarse oposición. Como tampoco son opositores los dóciles representantes de Hagamos, Rubén Rubin y Patrick Kemper, y el senador de Patria Querida, Orlando Penner.
Solo queda, pues, un puñado de diputados y senadores agrupados en macilentas “multibancadas” dispuestos a enfrentar a la marea hegemónica. Nunca antes había visto a la oposición tan debilitada. Cuando esto ocurre –historia repetida– ese espacio es ocupado por alguna facción colorada. Pero en política nada es estático. En ese campo arrasado se producirá, inevitablemente, una regeneración. Me muero de ganas de saber cómo será ella con los recursos humanos y la institucionalidad de los partidos que tenemos hoy. En fin, quien viva, lo verá.