La campaña por la postulación presidencial del oficialismo es de una obscenidad y alevosía pocas veces vista. Pero no nos engañemos: la disidencia, que juegan ahora de chicos buenos, también lo haría de igual o peor forma. Y los liberales tampoco se quedarían atrás.
El reparto de pollitos, el uso de menores de edad, la explotación de los pobres y la alharaca fiestera y exitista de la campaña del cartismo y del propio Cartes se inscribirían solo en el febril anecdotario del bochorno político vernáculo, si no fuera porque se produce en un contexto de apropiación de los actos de gobierno para fines partidistas y particulares.
Esto es lo verdaderamente nocivo. Nuestra clase política aún no tiene la capacidad moral e intelectual de separar sus intereses personales de la temporal administración de la cosa pública.
Para el caciquismo político local, el Estado es su coto de caza. Todos los recursos de que dispone como detentor ocasional del poder deben ser utilizados solo y exclusivamente para su provecho.
Cartes se vanagloria de que no gasta dinero del Estado para financiar la campaña de su delfín y la suya propia. Esa es otra distorsión de la realidad, típica del mandatario. Copar todos los actos de gobierno para hacer proselitismo como si el jefe del Ejecutivo se creyese el Tercer Reconstructor de la República es de un autoritarismo inquietante. Además, es una demostración de que si bien no echa mano del dinero estatal, se adueña de la obra pública como si fuese que la financiación salió de su bolsillo.
La incapacidad supina y, en algunos casos equina, del funcionariado tiene una de sus raíces en que el ingreso a la administración estatal se da por la afiliación partidaria.
La lógica imperante es así. El caudillito trabaja por una candidatura específica y el candidato, como paga, tiene que conseguir a él o a un familiar trabajo en el Estado. Cuando mayor es el peso específico del puntero y del postulante los cargos a aspirar son, obviamente, de mayor peso. Básicamente, el botín va de un humilde puesto de jornalero a otro sideralmente mejor en las Binacionales.
La administración pública –y me consta personalmente– tiene funcionarios de honestidad y probidad sin mácula. Pero, lastimosamente, son los menos. Aparte de ellos una rosca –también sometida a los politiquillos– gana salarios absurdamente suculentos como jamás lo harán en la actividad privada.