05 abr. 2025

Tres anuncios y una gran película

Arnaldo Alegre

La moral, básicamente, es el instrumento con que nos relacionamos con el mundo y sus avatares. Muchos la usan como una suerte de capa impermeable y cínica de la que echan mano solamente para andar ocasionalmente en la intemperie y salir indemne de los chubascos de la vida.

Estos viven en el aparente feliz mundo del blanco y negro. De las antinomias, de las verdades reveladas y refractarias a cualquier crítica. No es que carezcan de capacidad de pensar, de dilucidar que en lo malo pueden ver un atisbo de bondad o que en lo errado puede haber algo de razón. Solo prescinden del debate vital por abúlica comodidad o, directamente, por estulticia.

Están otros que ven la moral como una concesión imperativa, casi divina (si valiera el término). Como un cayado con el cual andar a tientas buscando la luz de la verdad en medio de los claroscuros de las circunstancias terrenas.

No son relativistas. Lo malo siempre va a ser malo. Solo que tienen el atrevimiento de colocar lo establecido bajo la luz de la duda y actuar en consecuencia.

La película Tres anuncios por un crimen es un gran ejemplo de esto último. Sucintamente el argumento es el siguiente: Una madre gasta sus ahorros para exigir al comisario de una pequeña ciudad del centro-oeste racista y misógino de los EEUU el esclarecimiento de la muerte violenta de su hija. Y lo hace colocando tres carteles en una carretera vecinal.

El gesto –que bien podría darse en cualquier pueblito o ciudad paraguaya– es visto por lo supuestamente más granado de la sociedad provincial como una locura más de una madre doliente.

Una vez más la prensa mete la mano y da a la decisión de la madre una trascendencia distinta.

El comisario tuvo que enfrentar a la madre y explicarle por qué no pudo encontrar al asesino. Y le da razones valederas y honestas. La madre reniega y ataca al oficial, incluso, obviando el drama que vive y del cual está enterado todo el pueblo.

La madre sigue firme en su propósito y no ahorra recursos, incluso de los más bajos, para hacerse sentir. A la postre le sale el aliado menos esperado. Y para colmo, la resolución de la historia es exprofeso incómoda.

La película es obra del dramaturgo angloirlandés Martin McDonagh, que es adscripto al teatro de la crueldad, mediante el cual exacerba el aspecto grotesco de las obras para mostrar el dilema moral y buscar una verdad.

Que estas líneas no sean leídas como una crítica cinéfila, sino como un homenaje a una gran película.