Santiago Peña no puede impedirlo. A él le encantaría iniciar su gobierno con el partido unido y un ambiente tranquilo, para que reformas necesarias sean aprobadas sin dramas. Pero no; aún antes de asumir se le acumulan crisis y confrontaciones desgastantes.
No puede hacer nada porque él no es el culpable. Al contrario, es la principal víctima de tres tentaciones irresistibles que acosan al presidente del partido. Horacio Cartes interpreta la reciente victoria electoral en clave arrogante y autoritaria: el voto popular le ha otorgado carta blanca para dejar fluir su voluntad personal.
La primera tentación que asalta al que llega o vuelve al poder –nadie se confunde: el poder es de Cartes– es vengarse de algunos adversarios políticos particularmente detestables. Esta atracción raramente puede llevarse a la práctica, pues la democracia le pone límites en la ley y existen controles parlamentarios y judiciales que aplacan el instinto de venganza del ganador. Pero cuando la hegemonía política es muy amplia, la incitación a usarla en contra de los odiosos es arrolladora.
Hace poco señalábamos que cuando la ANR decidió expulsar del partido al dirigente Gerardo Soria por criticar a Cartes, solo estaba cumpliendo un particular desquite del mismo. Días después, el diputado Walter Harms declaró: “Ojalá el Tribunal de Conducta tome las mismas acciones con todos los que conspiraron para echar al partido del poder. Entre ellos, el afiliado Mario Abdo Benítez”. Hace una semana, Juan Carlos Galaverna señaló que “existen causales a patadas para expulsarlo al presidente de la República por apostar abiertamente contra la candidatura de Peña”. Ahora es el propio Cartes, a través de su abogado Pedro Ovelar, quien denuncia a Abdo ante la Fiscalía por denuncia falsa, simulación de hechos punibles, persecución de inocentes, asociación criminal y usurpación de funciones públicas.
Así, mientras Peña se esfuerza en aparecer en actos públicos y viajar en compañía de Abdo, intentando mostrar una imagen de armonía y modernidad, el dueño del poder quiere mandarlo a la cárcel. La fuerza de la venganza se impone a la racionalidad.
La segunda tentación irresistible de Cartes será la de protegerse de la aterradora amenaza que pende siempre sobre su cabeza: la posibilidad de ser extraditado. Si ese pedido llegara a concretarse, la cuestión se resolvería en la Corte Suprema. Si los votos para impedirlo son dudosos, algún ministro será objeto de juicio político. Mientras tanto, el copamiento de las estructuras que vinculan a la política con la Justicia se inició hace semanas. Hay que inscribir en este plan la obsesión por imponer a un individuo que, según parece, ni siquiera es abogado, pero que “adora a Cartes”, como presidente del Jurado de Enjuiciamiento. La presión social obligó a Hernán Rivas a renunciar, pero fue reemplazado por uno de perfil semejante. El nuevo presidente, Orlando Arévalo, recibió el título de abogado de una universidad de garaje cuya sede no pudo recordar.
La advertencia del diputado y empresario de juegos de azar, Yamil Esgaib, dirigida al fiscal general del Estado para que tome en serio la denuncia de Cartes o, de lo contrario, “se irá cuando nosotros queramos”, no debe ser interpretada como simples ansias de figuración. Es parte de una ofensiva contra Emiliano Rolón, que irá en aumento. Añoranzas hay de Sandra Quiñónez.
Por último, la tercera tentación será la de volver al poder, pero personalmente, no a través de un delfín transitorio. Este no será un objetivo inmediato, pero emergerá inexorablemente en algún momento. Tiene un antecedente trágico, es cierto, pero ahora hay más votos en ambas Cámaras. Según el Departamento del Tesoro de EEUU, en 2017 la aventura le costó un millón de dólares. Ahora podría salirle más barato.
Mientras, el país seguirá su curso, manejado, en teoría, por Santiago Peña. Será él quien tendrá que evitar que caigamos en la violencia y la tragedia. Porque si no lo hace él, habrá ciudadanía, dentro y fuera de su partido, que impedirán tanto autoritarismo.