06 abr. 2025

Vulgares delincuentes

Arnaldo Alegre

El fútbol paraguayo ha demostrado ser resistente a la mediocridad que insiste en envilecerlo desde hace décadas. Sobrevivió a dirigentes corruptos, a sospechosos entreguismos deportivos, a potreros mal vendidos como canchas de fútbol, a mafias integradas por periodistas, representantes de jugadores, técnicos y jugadores de medio pelo. Sigue padeciendo la tristeza de las gradas casi siempre vacías, los esquemas de juego aburridos y conservadores, y el silencio cómplice y conveniente de gran parte de las personas que viven a expensas de él, cuando los resultados futbolísticos son más que paupérrimos.

Pero hay una amenaza que puede devorarlo desde sus entrañas. No hay club que no tenga esta clase de engendros. Pero son las principales instituciones, Cerro y Olimpia, en donde esta auténtica plaga ha logrado consolidarse con mayor fuerza. Se trata de los llamados barrabravas, que solamente demuestran ser bravos en manada, drogados y a expensas de los indefensos.

El domingo pasado unos vulgares delincuentes, que ensucian la enseña azulgrana y deshonran a los verdaderos fanáticos, tomaron a su antojo la Avenida Quinta para desplegar todo su repertorio de violencia, marginalidad y franca estupidez.

Por una razón, que solo se entiende en cabezas aturdidas por el alcohol, las drogas y la ignorancia, se tomaron a cascotazos entre ellos mismos. La ciudadanía quedó como rehén de estos energúmenos.

No es la primera vez –y al parecer tampoco será la última por la eterna y torpe pasividad local– en que esta jauría de rateros hacen de la suya por la zona. Desde el Defensores del Chaco hasta la gloriosa Olla Monumental, la piara ladrona y cobarde asalta a cuanto prójimo se cruce en su camino. Y no hay distinción de sexo entre los componentes. En la violencia y la imbecilidad se igualan los sexos. En otro superclásico unas mujeres pegaban a otras por el simple hecho de llevar una camiseta distinta.

Los demás grupos de salvajes similares, pero con colores distintos, son llevados y traídos en micros para que generen el menor daño posible. Solo estos que no deberían ser considerados cerristas andan a sus anchas, caminando como dueños de vidas y haciendas. Deberían ir del estadio al infierno o de donde hayan salido.

Los fanáticos reales de todos los clubes deben poner un alto a los facinerosos y exigir a las autoridades deportivas, fiscales policiales y políticas que se erradiquen a los violentos.

Hay que hacer el aguante al deporte y a la pasión, no a las mafias ni a los delincuentes.