Más tarde, al ser preguntado sobre el tema, increpó agresivamente a la reportera Sara Moreno, pidiéndole que “deje de hacer preguntas boludas” y acusándola de “autopercibirse periodista comprada para romperme las bolas a mí”. Luego le tocaría el turno a la comunicadora televisiva Rocío Pereira, a quien tomó del rostro sin su consentimiento, en una versión apaciguada de Luis Rubiales, diciéndole: “no me vas a ganar”.
A esta altura, el comportamiento del diputado había llamado la atención incluso a aquellos que no conocían sus antecedentes. ¿Quién se cree este tipo para tratar con tanta falta de respeto a las mujeres? ¿De dónde saca tanta arrogancia? Por supuesto, Esgaib atrajo cámaras y micrófonos. Eso no mejoró su situación, pues su locuacidad desnudó una misoginia abracadabrante: “La ley del feminicidio es una pavada” o “Ya hay ley de acoso, ¿después van a pedir ley del re-acoso?”.
A raíz de eso, la diputada Rocío Vallejo recordó que Esgaib la había amenazado con “romperle la boca” y, en agosto pasado, durante una audiencia pública presidida por él, sencillamente le cortó el micrófono mientras ella hacía el uso de la palabra, porque le disgustaba lo que decía. Por su parte, la diputada Johana Ortega contó que fue tratada de “perra peligrosa” por el intolerante Yamil.
Esgaib, refiriéndose a su discusión con Celeste Amarilla, dijo que “quiere percibirse mujer para poder entrar al baño de mujeres y cagarle a patadas”, pero que “él, como hombre, jamás tocaría a una mujer”. Curiosamente, desde que asumió, solo se ha peleado con mujeres.
En cualquier caso, lo que queda claro es que se ha pasado de la raya. Tanto, que incluso la amplia mayoría colorada de Diputados accedió a suspenderlo por un mes. Es que su caso es indefendible, por vergonzoso. Conste que aun así hubo algunos –¡y algunas!– que tuvieron el inmenso descaro de decir que el pobre Esgaib simplemente “pisó el palito que le pusieron”. Aunque, todo debe ser dicho, mandar al frente a una figura de segunda línea como Yamil venía perfecto para descargar el peso que, en el Senado, soporta Bachi Núñez, pillado en un escándalo más voluminoso.
Quienes conocen a Esgaib saben que no hay nada sorpresivo en todo esto. Fue concejal municipal de Asunción en 2010 y rápidamente convirtió a dos de sus hijos en funcionarios municipales. Empresario de juegos de azar, fue noticia porque sus casinos fueron allanados en 2021 por explotar las apuestas deportivas sin licencia de la Conajzar, lo que derivó en una imputación, que culminó con una reparación del daño.
Ni él ni su familia pueden viajar a los Estados Unidos, pues les han retirado la visa. La suspensión que le impusieron ahora es sin goce de salario, lo cual se transforma en un problema transitorio para quienes embargaron judicialmente parte de ese salario para cobrar deudas de casi 200.000 dólares por el alquiler de un casino. También el Club Guaraní espera resarcirse de un agujero parecido y exige la salida inmediata del predio de la entidad de una sala de apuestas explotada por una empresa morosa ligada al senador.
Con estos antecedentes y los votos del cartismo Yamil Esgaib ha llegado al Parlamento. En otros tiempos no tan lejanos esto hubiera sido improbable, pero hoy en día, con la degradación del Poder Legislativo, ya no. Es probable que, estimulado por la pobreza general de conceptos y moral, se haya animado a ganar protagonismo. Se atrevió a tanto que se convirtió en un caso raro: logró avergonzar incluso a los integrantes de la Cámara de la Vergüenza.